
-¿Sabes qué? Ya no vamos a venir aquí. Está carísimo. Qué se creen. Ahora viene puro gringo. Lo peor es que “El Moro” está igual o más caro.
-Qué tiene. Total, venimos cada Corpus y San Juan, manita.
-Pues tú invitas, por esporádica y solventa. Ándale. Yo quiero un francés con 6 churritos.
La Cuya Macoy y su comadre, instaladísimas a las 3 de la mañana en una de las fondas más tradicionales de la ciudad. No por la hora menos concurrida que si fuera el mediodía. Aunque ellas eran algo estrambóticas en su apariencia, tampoco llamaban especialmente la atención de los parroquianos, donde había lo mismo cámaras fotográficas con su japonés correspondiente atrás de la lente, mariachis de pies hinchados, gringos siempre perplejos o ebrios de tequila, piquetes de putas de Garibaldi, parranderetes de clase media y clase y media de parranderetes.
La Cuya Macoy llegó de veintitantos al país. Cuando toleraba el sol y salía, era un muchacho de físico hermoso, masculino y étnicamente indefinible. Estatura media, cabeza redonda, con la piel de la cara azulada por la barba cerrada, siempre rasurada al ras, cuello ligeramente robusto, hombros anchos y cintura breve. Muslos y gemelos de bailarín o atleta.

Vino con una improbable compañía de vodevil italiano. Fue la bataclana que encabezaba alegrísimos bailes con el nombre de La Matozza. Por supuesto, el eje de la atracción no eran ni la coreografía salvaje, ni los cantos de cisne post mortem, sino el hecho de que debajo de los olanes de las faldas todas tenían bolas y pito.
En aquéllas eras, su arribo había sacudido el mundo sin sol de la vida subterránea citadina. Enorme tiempo y empeño mariconil habría de transcurrir antes de que las dragas fueran fauna conocida y casi tradicional de apacibles submundos “gay”. Ah, no. A ella le tocó el tiempo heroico. Bailoteaban danzas mezcladas de aires apaches con tarantela y, por supuesto, cancán. Su público eufórico era un cóctel igualmente sui géneris de estudiantes pobres, politicazos corruptos, militares condecorados de la Madre Revolución, artistas en ciernes y encumbrados, putas en descanso y trabajando, inmigrantes provincianos, pero ante todo mucho, pero mucho macho.
Entre el alcohol y la atmósfera permisiva y cómplice, la norma era que aquéllos heteros metían manos voraces entre los muslos de las falsas damas. Desahogos de fantasías y realidades mariconas mucho tiempo reprimidas. Pero para ellas no todo eran risas. Había infinidad de fronteras sutiles que marcaban tolerancias y peligros. Generalmente debían navegar con bandera eternamente amnésica. Fingir no reconocer a ninguno de los habituales manoseadores y concurrentes. Pero saber ser accesibles. Por supuesto, fueron muchas, muchísimas las funciones que para ellas terminaban en alegres apareamientos con su respetable público, y que les granjearon varias veces favores y protección.

Bueno, pues a lo largo de su larga trayectoria, había pasado de pionera bataclana travesti, a activista cuando, en medio de una gresca estudiantil, quedó atrapada entre la policía y los huelguistas. Iba con otras tres locas y fueron a parar detenidas, moreteadas y absolutamente desgreñadas, a los infames separos policiacos, donde constituyeron no sólo la atracción y foco de las burlas, sino también de agresión por parte de cualquiera de los bandos. Pero la Cuya Macoy (decía ella) “tenía lo puto en el culo, no en las manos”. Les partió el hocico a dos o tres camaradas estudiantes. Nada más salir, la prensa amarillista estaba presta. Y la Cuya Macoy con su vestido roto, se levantó tronante con declaraciones sublimes y encabronadas. En el naciente destape mexicano, las maldiciones y exabruptos (post resaca, post coital y post golpiza) de la Cuya, la catapultaron a la palestra política. Gracias a que fue, junto con otras valientes argüenderas, el blanco de críticas y ataques, fue cuajando un “movimiento” que culminó (maricas teníamos que ser) en una salida social jotísima del clóset, la primera, segunda y vigésima marcha del Orgullo Gay.
En los últimos tiempos, ya sin cólera, se estaba dedicando a revolotear por un Centro de Estudios sobre las Sexualidades. Propias y ajenas.
Y así la agarró el chocolate con churros. Allí llegué buscando unas pringas o bocados que me quitaran de golpe la hipoglucemia de muchas horas de estar solo. Se me quedaron viendo sonrientes. Porque llegué con mi pijama debajo de mis jeans y un suéter eterno de rombitos, como de los años 50. Mis cabellos hirsutamente revueltos no lograban esconderse bajo el gorrito boliviano o peruano con orejeras. Me hicieron “ven” con la cabeza, y ahí voy.
-Hola Cuya.
No se sorprendió, lo conocía más gente de la que podía ponerse a pensar. Últimamente por las campañas para promover el uso de condones a destajo, con una fotito del Santo Papa.
-Oye, pero qué mafufo te ves, nene. Cuéntame por qué andas en pijama en mi presencia. ¡Ja, ja, ja, ja!
-Está calientita, me ahorra tiempo no quitármela y siempre he sido muy wevón.
Los años le habían dejado nada más que glorias. Erguido, derecho, la piel sin arrugas con excepción de los ángulos de los ojos donde las “patas de gallo” no paraban de reírse. Manotas, brazos elásticos. Canas elegantes. Estaba muy guapo la cabrona.
-¿Y ustedes, qué andan haciendo, además de llenar el tanque?
-Pues nos dieron las madrugadas en el Internet del Ángel, ¿tú crees?
Dijo la comadre de la Cuya.
-Es que ésta loca ahora es investigadora y no sabes. Me dan ganas de conectarle las meninges a la inalámbrica. Que se pasa hoooras pegada. Y como está en pleno aprendizaje cibernético la muyirts, pues ahí estoy yo, su secre la señorita Boba Licona, en chinga enseñándole. ¡Jo, jo, jo!
La comadre en cuestión tendría unos veintiúltimos a treinta y primeros años, con un aire de nerd muy bonito, que contradecía su desparpajo. Igual que la Cuya, iba como disfrazado. Traía un pantalón deslavado, verde y pegado. Unas medias botas negras. Camisa blanca con pechera y un saco de pana gris. El pelo súper negro y despeinado sobre la cara, tapándole un ojo. Sombras en los ojos, lentes. La Cuya iba retro. Parecía un profesor universitario de los 70. Pantalón y saco de pana cafés, zapatos de ante café. El saco con coderas y un suéter de cuello alto que le daba un aire existencialista.
-¿Y qué investigas?
-Pues todo, nene. Pero ahorita estoy haciendo un álbum mágico-antropológico-homosexual.
-Enséñale, Cuya. Para que veas cómo no son ideas mías. Si nada más le das vuelta a las cosas. La putería es la putería.
-¡N’hombre! ¡Me roba la idea y no tengo copi-rái, babotsa! ¡Ja, ja, ja! -replicó la Cuya.
Yo comenzaba a masticar con gula un pambazo rojo y gordo, crujiente y bien relleno de papa con chorizo, adobado con crema, lechuga y queso. Le digo “ándale, para pasar el rato, ya te dije que soy wevoncísimo. No te robaría nada, sólo por la flojera de hacerlo”

-Hummm. ¿Cómo te llamas, nene?
“Alex”, le digo.
-Bueno, pues hace poco que estoy tratando de hacer una taxonomía de los ligues en la red, ya sabrás, sólo chavos. Ahorita estoy en la etapa de la captura de la información. Mi hipótesis es que nosotros ligamos en la red de manera distinta a los bugas y análogamente diferente a como ligamos en vivo versus ellos. En la forma y el contenido. ¿Qué tal?
-¡Ja, ja, ja, jaaa!- se carcajeó Chibigón, la comadre- ¡nocierto! La Cuya acaba de descubrir las páginas de ligues, y se la pasa leyendo perfiles hasta que los párpados ya no le bajan de tan secos, pega gritos y hay que ponerle gotas para que le vuelvan a bajar.
“¿Y qué con eso?” le pregunté al Chibigón.
-Pues que sí metió un proyecto de 4 cuartillas al Centro y le están dando un chequecito cada mes para que esté al día en la putería. ¡Esta sí es súper chingona!
-Humm. Bueno, y qué has encontrado, descubierto o no visto, Cuyis (yo, después del pambacito, estaba confianzudo, faltaba más).
-Te voy a enseñar. Traigo unos perfilitos que bajé. Todavía no los clasifico. Pero deben formar algún patrón para mi taxonomía. Se aceptan comentarios.
Sacó unas hojas de varias calidades y con varios tipos de letras que, supuse, también vendrían de varios tipos de impresoras.
-Amos a ver. Aquí están unos que definitivamente están para una teoría de la erotolingüística basada en la descomposición del idioma. Mi teoría es que los receptores cerebrales de los centros ortográficos se saturan de testosterona y la persona es incapaz de redactar si no es por pulsos análogos a micro orgasmos, jodiendo al idioma.
La Cuya comenzó a leer en voz alta los párrafos subrayados de los perfiles, enfatizando la pronunciación de las palabras con falta de acentos. Algunos de sus comentarios van entre paréntesis, suprimí las carcajadas de la Cuya y el Chibigón.
- Estoy habierto a todo (¿hasta a regresar a la primaria?)
- Por favor gorditos y obios los respeto pero no van con migo (pues no, claro, migo no es su amigo, obiamente)
- Mejor conoceme si te atrevez…
- Busco conocer perosnas agradables con quien tener una buena sesición de sexo (primero es la sesición donde se convierte a la gente en perosna. Luego viene el sexo)
- Que honda. No me gusta la gente obvias (lo único obvio aquí es lo jondo que jondas y olé)
- Abstenganse gorditos y afeminados (y, por supuesto, abstengánse también los acentos)
- En busca de lo que surga (con que surguiera una jota ya sería ganancia, reina)
- …sentir el rose de cuerpos (¡gulp!)
- Busco chavos baroniles no ovbios para sexo. Yamame (baroniles, marquesiles y yo también, ya-mamé)
- Me caga que me cagen (pues como vas, va para larga la cajada)
- Profecionista limpio y educado, repondo a todos menos mala ona. (Aquí la Cuya sólo se puso morada)
- Me gusta mucho chupar los pesones (si los pesones son los grandes pesos, ha de ser de signo libra, además de teta caída)
- En busca de un chico para rol sumio. (Es como el rol sumo de los japoneses, pero en vez de luchar, se deja pegar)
- Mi mayor defeto es ablar direto y ser mur tierno… (no, papito, tu mayor defeto es haber pasado la escuela de noche)
- Soy un chico muy alivando (…) sólo jente sin royos no mensoso y problematicos (¡Ay, no puedo más! yo necesito uno alviando-me el dolor de la risa)
- Quiero un hombre de verdada. Ofresco pasar un rato chidoy. También vendo una yegua azteca (¡gaaasp!)
- Buen cuerpo, internalgon sexo a tope. (Así como los internacionales, ahora los internalgones)
-¡Qué mala leche, Cuya! –le dije con cachetes de hámster- no me parece que burlarte de cómo escriben en los perfiles tenga ni algo de original ni muy digno que digamos. Se me hace devaluador y presuntuoso. Y que cobres, peor. Chomp, chomp (masticando mi pambazo).
Se le terminó la risa en seco. Abrió mucho los ojos. Luego comenzó una ronda de tos sorprendida.

-¡Pero qué cabroncete! –dijo el Chibigón- ¡no mames!
-No, Chibis. Tiene razón el Alex. Yo misma ando jodiendo con rollos por la jodida discriminación. Bueno, mira. Tómalo como uno de mis ratos malos. Una diversión de mi lado oscuro, ¿ok?
-Entonces ¿no hay investigación para nada? –le pregunté, más chomp, chomp.
-Sí, sí hay. Tengo muchos perfiles en los que primero me llama la atención el nick, el sobrenombre. Según uno de los chavos del Centro, sicólogo, dice mucho de la persona que está atrás de él y sobre la fantasía que tiene de sí mismo. Hay muchos muy bonitos:
- soloymisoledad
- chicofeo
- lobitopolux
- dragolibro
- trucutu
- sinparaiso
- tremoris
- hijomalo
que contrastan con los más o menos típicos y esperables en ésas páginas como: crazysex, mamador84, superpolla, pitoloco, supersperm, etcétera.
-Sigue –lo animé interesado.
-Pues luego ya viene el contenido del perfil. Y en el Centro me van a ayudar a analizar qué hay de interesante con cada componente. Y si hay o se puede hacer una teoría sociológica de los perfiles y los sobrenombres en la comunidad gay.
-Pues eso sí se oye mucho más coherente e interesante. ¿Y cómo qué perfiles sí estarían tomando en serio? –le pregunté.
-¡Uy! No tienes idea, nene. Sólo te voy a compartir uno, como ejemplo. Es una joya. En serio. Ojalá que pueda publicarlo sin enfurecer al que lo hizo, ya sabes por derechos de autor, ¿no? Mira:
MI ARMA MASCULINA BUSCA FUNDA !!!
Monto como un Jinete
afanosas y redondas Nalgas
incrustando cual águila hambrienta
mi clavo que lentamente se hunde
cavando el surco prometido
y rompiendo al ras tu horizonte …
A galope triunfal mi tronco se columpia
en el dulce fondo que lo ciñe sin decoro
y mece su forma orgulloso …
Susurrando se mueve la ceñida palma
entre tus mollas que se estremecen agitadas
embriagadas por dura carne …
El peregrino cruza tu mar a oleadas
hasta que brota un río austero
que en tu profundidad se esfuma
en blanca y fulgurante nota
quemando el incienso de tu pecho
mientras tus reclamos llegan hasta el cielo
en amorosas y placenteras quejas
-¡Hijo de la madre! –dije en voz muy alta y absolutamente anonadado.
-Calidades literarias aparte, es toda una sorpresa de inventiva, que alguien se divierta tan de lo lindo en un sitio donde habitualmente los mensajes son telegráficos. No se aparta del objetivo del sexo, pero es absolutamente lúdico para los que sepan valorarlo y, quizás, adivinar que, si así es el caminito, ¡pues cómo será el pueblito! ¡Ja, ja, ja, ja! –dijo la Cuya.
Después de eso, la cháchara fue derivando a otras cosas, yo todavía me receté un café con leche como corolario a los pambazos. Salimos los tres a las calles empedradas de ésa zona del Centro Histórico. Había llovido. Mi pijama estaba simplemente deliciosa. Caminamos hasta el Eje Central (que yo conocí como San Juan de Letrán), donde yo me separé hacia la Gaticueva.
Días más tarde, recordé el encuentro cuando navegaba por la página de marras. Me puse entonces a pensar qué me gustaría pescar a mí de los perfiles.
Vi muchos que cumplirían, creo, con los criterios de selección de la Cuya Macoy. Pero, a diferencia de aquél que me compartió, yo me quedé con una gran sonrisa cuando me encontré éstos, breves, traviesos, inteligentes:
- I too can command the wind, sir!
- Come to the dark side…. We have cookies in here!!!!
- “Ninguna eternidad como la mia”
Y ya. ¿La teoría? No creo que exista alguna. Sólo anzuelos con carnadas de historia, para pescar otras historias…


La altura inmensa le restaba transparencia a la perspectiva de los valles. Hacía la vista un tanto brumosa. Como una acuarela impresionista. Abajo había muchos pedacitos de tonos de verde, como en una colcha hecha por una abuela cósmica, a lo lejos incluso podían verse cómo las nubes nacían y arropaban los pies de las montañas.

Cuando los dos íbamos a Cuemanco, yo desesperaba. Impaciente, no veía la hora de terminar las excursiones. Ponía mi carota. Enfurruñado, lo apuraba a que nos largáramos pronto. Y a él no se le llenaba de suficiente clorofila el tiempo.



Hace un poco más de 6 meses que se acabó. Y hoy hubiera sido nuestro aniversario. Más de 3 lustros, casi 4, de ser una pareja gay. Bueno. No sé qué celebro, qué lamento o qué hago.
Pero ya no sólo recuerdo el motivo que (según yo) él me dió para huir del incendio de mi cariño en el desastre que fué para mí su infidelidad. Ahora comienzo a recordarme a mí mismo. A recuperar algunas cadenas de mis errores. También algunos destellos especulares de mis horrores.
Que por él, siempre se me anidará una sonrisa cuando vea que llegan las primeras cerezas. Que por causa suya estaré feliz pensando que cuando yo muera brotaré en mil folios y pétalos como los que el ama y cultiva.



PALABRA DE HORROR (Comenta, hijo, comenta)