MARTINI BLUES


MARTINI BLUES

Sólo a mí se me ocurre tragar martinis de aguaquina con aceitunas. No bebo alcohol, pero eso no es nada comparado con mis excelsos huevos revueltos con cacahuate japonés.

Pero para días pesados, por trabajo o por nostalgias, mis martinis imposibles hacen transitables muchas noches.

Maín y Nayib llegaron con poco tiempo de diferencia. Uno, Nayib, el muy cabrón, exultante hablando babelónicamente por teléfono con un seudonovio costarricense, que espérate a la cuenta y ¡pura vida!

El otro con cruda posguardia, cansadísimo, sin poder dormirse y triste.

Los tres en bóxers y playeras, volteando el ventilador para nuestro lado cada quien, sin darle reposo.

Me voy a la cocina, le hago a Maín uno de mis martinis de pesadilla, mientras el otro está decidido a derretir el teléfono.

Encuentro a Maín en la compu, viendo el catálogo de ligues, el mail y una página de porno. Desganado, con cara de hastío.

Me ve, toma el coctel de bruja. Le puse cuatro aceitunas, que se va comiendo despacito, pasándose los pedacitos con aguaquina como si fuera cicuta.

Me trepo al aféizar, anchísimo, de la ventana, junto a él igual que un gato. No hablamos, suspiramos. Comemos aceitunas rellenitas de pimiento. Tomamos sorbitos de cicuta.

¿Día de caquita? me dice. Asiento. ¿Tú? le pregunto. “Pendejadas” me contesta y suspira.

Eso significa todo un informe de unas diez cuartillas a renglón seguido para mí.

Dejo mi languidez y le pregunto “no mames, ¿qué pasó? ¿a dónde jijos te metiste?”

“Fui a neuro. No podía concentrarme en nada, hice notas donde no debía, tuve que repetir indicaciones tres veces. Tenía que ir a neuro.”

“Está… ¿Ve, oye, reconoce?”

“Sí, wey, y juega, toca y aprende”, dice con sarcasmo amargo. En mi alféizar, me acomodo para recargarme. El vidrio está helado, rico, llueve. No digo nada, pero no es necesario.

“Me reconoció”, continúa.

Le corren unos lagrimones lentos como lava por entre la barba, mientras su mirada perdida se queda reflejada en la gente súper alegre de la porno y el tilín tilín de los mensajes de los ligues nuevos no paran en la compu.

Se nos acabó la bebida satánica. Pero él igual, ahora bebe su llanto.

Adrián. Hace ya seis meses. Coma, simplemente coma por quince días. Luego despertó, pero su cabeza seguía perdida. Ayer, durante la guardia, no faltó quien le avisara, que hablaba coherentemente y quería verlo.

“¿Te vas a ir?”, le pregunto. Sólo alza los hombros. La puerta se abre lentamente y aparece Nayib en la puerta. No habíamos notado cuándo detuvo su parloteo y escuchaba taciturno. Está con los ojos de plato. Se acerca y lo abraza por atrás, dejando su mentón sobre el pelo ensortijado de Maín. Nadie sabe nada, nadie quiere saber nada.

Adrián tuvo un “milagro”, la sobrevivencia a los aneurismas es leyenda. Maín y yo conocimos a Nayib, de Algología y trabajó con nosotros dos la pérdida. No hubo asombros, como si tratara con los hermanos del paciente y no con sus amantes.

Y eso fue la semilla de los frijolitos mágicos que nos envolvieron a los tres. Encarcelándonos, llevándonos de un tirón al cielo con todo y castillo, los tres, gigantes.

El acento colombiano de Nayib fue las trompetas de Jericó que derrumbaron todo dolor y toda pena. Y Adrián se quedó en los retratos de la pared y los libreros.

Nayib no fue un sustituto, fue un catalizador que nos transformó a Maín y a mi en otros. Y con él en uno. Y jugamos Mecano con nuestros corazones y nos resultó un pulpo de seis manos, seiscientos besos, noventa dèja vu, arepas matutinas.

“Coño, no puedo con esta vaina” suspiró rasgando el silencio como tela fina.

Yo había ladeado mi cabeza, apoyando media cara en el cristal que por afuera lloraba por nosotros juntos. Mis suspiros habían opacado la ventana. Lo ví al separarme. Cerré los ojos mientras sentía las manos de Maín y Nayib tomar suavemente la mía, que sostenía la copa de los cocteles inhabitables.

Alguno la separó. Enredamos los tres nuestros dedos.

Sin abrir los ojos, intuí la mancha del cristal hecha con mi respiración. Apoyé mis labios, imprimí un beso transparente, que fue inmediatamente cubierto por gotas y más gotas.

Nuestras manos enredadas también se cubrieron de otra lluvia.

ALEC

Tríos, Grandes Éxitos.


Els Trobadors

Al Axel lo conocí hace unos cuatro años, creo.
Nos ligamos y desde que lo conocí comenzamos una serie de relaciones. Digo así, serie de relaciones, porque recuerdo que comenzamos como novios. Luego nos separamos. Nos reencontramos y decidimos ser una pareja más o menos “convencional” (whatever that means). Luego nos dejamos y en la siguiente estación él tenía un novio, pero como que se cortó por las efusivas bienvenidas que nos dábamos.  Total, que la última vez me mandó a la chingada, ¿no? Me cortó y ya. Muy encabronado por ni-nos -acordamos-qué.

Luego llegó un día y después de tanto desmadre que habíamos trascendido, pues ni necesidad de hablar nada. Llamó a la puerta, pasó, yo me fui saltando atrás de él para la cama y mejor nos apareamos y tan contentos. Nada como resolver todo como los bonobos, con sexo.
Así es que no tenemos la menor idea de qué clasificación taxonómica nos vendría, pero pues ni al caso.
Siempre fuimos muy abiertos en lo que respecta a ventilar nuestras correrías sexuales el uno con el otro. Es más, con Axel descubrí unas guarradas muy lindas. Como, por ejemplo, que me prendía mucho ver sus vídeos de celular o webcam. Mi amigote, amante y pornstar, todo en uno, muy “Happy Meal” el Axel. Y yo no tenía problemas en “echarle a andar” alguno de mis ex ligues, si le gustaban. Porque al Axel lo quise desde el principio mucho mucho, como la tucha al tucho. Y él a mí. Tanto como para no amargarnos el partido con medio tiempo de celos y otras mamadas que conforman nuestras bonitas tradiciones.

Entonces sucedió que, por primera vez en mi vida, pues que no se me para. Bastante sorprendente, supongo, para muchos a los que nos pasa así, de sopetón. Que un sábado estás cogiendo como conejo en la pradera y el siguiente viernes simplemente el responsable de darte tu dosis de oxitocina no vino a trabajar. Y ahí está, el orguillito de papá, colgando entre las piernas hecho un guiñapo. No, pues qué susto.
Y le hablo al Axel y ahí viene. Así es esto, que no os creáis que sólo las chicas necesitan apoyo con sus tragedias genitales. Igual, mi leal mosquetero me dio terapia cognitivo conductual rupestre, además de un muy buen discurso, unas mamaditas y fajecín y todo. Pues nada. ¡Ay, pene, penita, pene! Olé…
Pero así como se fue, regresó el espíritu testosterónico. Y no tuve ni idea de qué pasó. Simplemente un día volvió a pararse y yo también. Ambos muy contentos de vernos. ¡Culero, no me vuelvas a dejar, pendejo! me daban ganas de decirle, pero recordé a un par de mis amantes que acostumbran ponerle nombre a su polla y hablan con ella. No, bastante friki.

Pero bueno, le hablé al Axel, pues para festejar, ¿no? Como siempre, mi buen camarada llegó para darnos unos revolcones en honor a Príapo y cualquier deidad fálica que quisiera acompañarnos y echarnos sus bendiciones.

Así que luego de un par de noches maratónicas dedicadas a algunos juegos muy olímpicos, caímos en las disertaciones filosóficas sobre la disfunción eréctil, historia y perspectivas de un modelo transicional de las edades de Lulú.

Y en el análisis literario de mis fantasías, le platicaba que nunca había hecho un trío ni me había involucrado en orgías. Sobre todo por el miedo espeluznante a los zoológicos microbianos dispuestos a colonizar mis carnitas angelicales. Que sí que les tengo miedo.

Él y yo somos serodiscordantes, es decir, que uno sí y el otro no. Y nuestros años de estar fornicando han pasado la prueba del contagio, gracias a una inflexible política de sexo seguro juramentada ante la luna de octubre.

Y vaya, que ninguna idea mejor que probar ambos un trío, juntos, con un aspirante. Nos pareció que, si lo hacíamos nosotros, tendríamos a nuestro favor el interés mutuo en cuidar uno del otro en muchos aspectos, no sólo el asunto de los condones. Platicamos qué acuerdos previos podríamos tener. Primero, coger únicamente con condón. ¿Besar? Sí. ¿Fajar? Sí. ¿Mamar? Ok, con condón. ¿Beso negro? Nosotros al eventual, sí, con plástico del súper (bueno, el Axel es además activista, so…). No ser pasivos con el eventual, ni aceptar besos negros. Por ahora. Poppers, ok.

 

El Bolero en México

 

Y nos fuimos el viernes, al salir yo del trabajo, de cacería. Muy vaqueritos los dos machitos. Con nuestros tejanos, botas, camisas a cuadros y espléndidos sombreros al rodeo de la noche. No me considero guapo. Bueno ni feo. Pero no sabría describirme. Éxito, sí, en los ligues virtuales. Casi jamás en vivo, porque me vence la timidez. Él, por el contrario, es extrovertido. Físicamente más alto que yo, esbelto, “marcadito” (no musculoso, pero sí firme y de músculos duros, jóvenes, flexibles). Rapado, con un culo pequeño, duro, parado y un paquete que invariablemente le da problemas, al pasar los límites del éxito al acoso (sí, lo acosan frecuentemente). Barba muy cerrada y dura, negra. Un hermoso pecho floridamente masculino. En fin, lindo ejemplar, el Axel.

Llegamos al antro. Él inmediatamente a por su cerveza, yo por mis consabidas aguas minerales heladas, vergüenza del Axel, que miente cuando alguien pregunta qué estoy tomando. “Vodka” dice mientras me mira con una mezcla de furia y escándalo. Je.

Y ahí andamos los dos, entre una concurrencia mixta muy bailadora. Montones de bugas, que entre tanta libertad ya no encuentras antros de puro hombre. Vaqueros de sabrá Zeus qué ganados, hipermachos, lesbianas revolucionarias y sus musas lánguidas, meseros que son lo mejorcito de lo masculino en existencia del local. Todo el mundo también muy cantador, meseros incluidos. Música de banda, norteña.

"Así como tú..
que el gusto te diste al jugar conmigo y mis sentimientos
y hacerme llorar y hacerme sufrir,
y perder mi tiempo...

Vas y chingas a tu madre
por todos mis besos que fueron sinceros
por mis sufrimientos
chinga tu madre

vas y chingas a tu madre
con todas las fuerzas de mi corazón
yo quiero mandarte..
a chingar a tu madre"

Cantamos todo el público perfectamente sincronizados en coros egregios que el mundo por desgracia nunca conocerá.

Bueno, a ligar, Chencha. Pues se acerca uno, pero cuando les informo como aduanero “Somos dos”, se cortan y se escabullen mientras yo sigo tarareando “vas y chingas a tu madreeee, la lará…”

Al cabo de un rato, me aviento unas “quebraditas”, un “pasito duranguense” y aparece el Axel con un oso. Yo estoy a punto de cagarme de la risa, porque vienen los dos machotes, agarraditos de la punta de los dedos para no perderse entre el gentío que aúlla con el Chapo de Sinaloa, je.
Mi radar integrado de Man Scan lo recorre a un cuarto de la velocidad del sonido. Tzt tzt tzt. Como 1.90 metros, complexión robusta, barba de tres días, ojos con párpados a media asta, cejas pobladas, pestañas largas, nariz recta, boca antojable, paquete indefinido, manos y brazos grandes, nalgas en su sitio y hemisféricas. Peludo. El hámster virtual de mi cerebro concluye su reporte, calificación preliminar, 8/10.

“Hola, Diego” extiende la mano. “Alex” correspondo. Me hala hacia él con mi mismo saludo y me besa explorando suavemente cuánta resistencia opongo a su lengua. No pues nada, ¡faltaba más!  Y sonríe, se voltea y besa a Axel de igual forma. Todos muy entendidos ya. Ellos todavía se echan un par de cervezas, yo orino por los tres. Y nos vamos. Que es de Colombia (no sé por qué, pero Axel me da la impresión de tener algún acuerdo con el agregado de Intereses Sexuales del Consulado de Colombia en México. ¡Cómo conoce gays colombianos!). Que de Buga. ¿De dónde? De Buga, Valle del Cauca. (Y conste que pensé en no contarlo, porque como recurso literario, la anécdota está chafísima, pero bueno, así fue). Ya en la salida nos pide ir a recoger a su vecino, que vino con él, pero que está en otro antro, bailando semidesnudo. Lo encontramos, viene.

Luke es un irlandés buga que habla espléndidamente el español chilango y que, efectivamente, mueve el bote con furia latina en un estrado con otros danzantes heroicos a media ropa. Pelirrojo, musculoso, de unos treinta y tantos. Se viste para salir y todavía pasamos en caravana a buscar a una amiga de ellos a un tercer antro de la noche, de música cubana. Pero no está la Dafne.

Pues ya, llegamos al depa de Diego. Medio grita “¡rúmi!” y sale de una recámara el rúmi en piyama y saluda sin gran entusiasmo. Mi Man Scan inmediatamente lo procesa -tzt, tzt, tzt- y el hámster evalúa la situación “Probabilidades de cuarteto, 0%” Perfecto.

Pasamos a la recámara del Diego y como si hubiéramos ensayado el bailable escolar para el Día de las Madres, Axel y yo, maravillosamente acoplados, comenzamos el estudio de la levedad del ser. Nada insoportable, chismoso del Kundera.

Faje, beso. Noto la actitud de Axel de propinar atenciones pulcramente calculadas en equivalencia a Diego y a mí, capto el mensaje y hago lo mismo.

Decidimos ampliar nuestros horizontes culturales y, lo que me encanta, es cómo nos manejamos él y yo con valores entendidos y la experiencia fluye.

El rúmi, al parecer no agradecería tanta creatividad artística, por la parte acústica, pero no pain no gain, y alguien tiene que pain para que nosotros gain. Ja.

En fin, que enriquecemos nuestra cultura ruidosamente con nuestro primer trío. Interpretamos Noche de Ronda, Piel Canela y otros grandes éxitos. Axel en la guitarra y yo en el requinto. Diego en el bajo, por supuesto.

Con lo que Axel y yo detestábamos las matemáticas y vamos despejando ecuaciones complejísimas y aéreas de tercer grado para el dos romano. Y así, nos echamos unos orgasmitos por aquí, otros por allá. Dormimos, roncamos, volvemos a la faena con empeño. Y nos dan como las 8 de la mañana. Yo soy el primero que despierto. Axel y yo abrazando a Diego, en medio. Coludidos como plato de ‘ropa vieja’ cubana, carne y huevos. Me paro y voy al baño sorteando sobres de condones y condones. Nunca había visto tantos desperdigados alrededor de una cama. Y no puedo evitar una risita cómplice para mí y el hámster. De regreso, beso, caricias, qué flojera, más beso. Tocan la puerta y Diego sale, “puta, se me olvidó que venía Bruno” Pero Axel y yo no permitimos que cunda el pánico y, estoicamente, permanecemos en la cama, desnudos y tranquilizándonos a besos.

Samba Canção

Pues no, era Luke, el vecino irlandés. Axel se pone los tejanos y una camiseta y sale. Yo voy después. Cuando salgo, Luke festeja con sus carcajadas apocalípticas mi terrible penacho de samba que traigo con el pelo desgreñado. “¡Este cabrón parece hijo del Peje, jajajaja!” Se van Diego y Luke por cervezas y material para desayunar. En eso llega, ahora sí, Bruno, que sin prestar mucha atención a las circunstancias por las que Axel y yo podríamos aparecer ahí, comienza a organizar qué guisar. Una tortilla de patatas y cebolla. Inmensa, deliciosa.

Luke sirve jugo de naranja en copas de cristal (que son lo único limpio para beber algo). Y unos beben cerveza. Yo me meto a bañar mientras van haciendo realidad la tortilla. Cuando salgo, tocan. Voy a abrir. Una chava de unos veinticuatro o veintiséis, grande, pelo negro medio hirsuto, ojos inmensos, voz ligeramente grave aunque indudablemente femenina, sensual.
“Hola, chinga tu madre, soy Dafne, ¿puedo pasar?”  “Hola, yo, Alex, mucho gusto” le digo. Y se sienta en la sala. Salen cabezas de la cocina y la recámara.. “Hola, chinguen todos a su madre, weyes. No me dejan dormir. Estoy mega crudísima y ustedes con su pinche escándalo” “Quieres un Alka-Seltzer” le digo. “¡Ay, sí porfas! qué lindo” me dice. Luke empieza a decirle caballerosamente que le da gusto verla y que podría llevarla a dormir a su cama. “No mames, pendejo, te digo que estoy cruda, amor” repara aquélla. Bueno, pues ya entrado en gastos, hago una sección para cocinar Alka-Seltzer para Axel, Diego y Dafne.

Tocan. Abre Luke. “¡Ash! En serio. O sea, chinguen a su madre todos, buenos días” dice una segunda chava en la puerta, esbelta y extraordinariamente parecida a Sade, la del Smooth Operator, despeina a Luke (bueno no puedes despeinar lo despeinado, es un oxímoron o algo así) y se deja caer en la sala. Le da un beso en la mejilla a Dafne mientras sigue quejándose. “Pinches risas, no mamen. Me taladran la cabeza, estúpidos. Y estoy con una cruda muy mal cocida, no dejan dormir, no mamen” “¿Alka?” le digo desde la cocina. “Sí, qué hermoso” me dice.

Salgo con los brebajes hipocráticos. “Cerise, querida, te ves terrible” le dice Luke a la recién llegada. “¿Qué, me viste cara de caminada? Caminada la Meca y se sigue en pie, pendejo” responde ella. Yo no puedo evitar rendirle pleitesía, “¡Sensei!”, le digo. “¡Qué lindo!” me dice Cerise mientras bebe su justo alivio, también en copa de cristal. Tocan. No, rasguñan la puerta.

Una de las chavas abre la puerta. Entra una perrita, cachorro de labrador. Desde la cocina la saluda Bruno, “Lana, kisi, kisi, kisi” Y la bebé de perro va encantada a saludar, para luego comenzar una ronda por toda la casa, comiendo cuanta porquería comestible encuentra o le dan. Yo la alzo, la bailo y la dejo que prosiga. Va recibiendo amor de todos.

Sale Axel de bañarse. Sale la tortilla de la cocina y todos vamos llenando de anécdotas noctámbulas el breve espacio. “Y ustedes de dónde salieron” nos pregunta Cerise al Axel y a mi. “Ah, pues venimos a cogernos a Dieguito” le digo. “Qué lindos” responde. “Pues Luke, Dafne y yo somos vecinos de Diego” dice en presentación general. Y luego pasan a otros asuntos. “Cabrones cubanos, están como perros. Sólo porque bailas con ellos ya están calculando cuántos condones se van a gastar contigo. Están pero si bien pendejos” Dice Dafne, a la que fuimos a buscar infructuosamente. “Igual. Me caía bien el amigo ése, que me invitó anoche. Y cree el idiota que porque acepté salir con él, de ahí al hotel. ¿Qué les pasa? ¿Su mami no les habló de hacerse una santa paja o qué chingados?” Dice Cerise. “Y no les des un beso, porque ya te están cogiendo. Y si coges, eres una puta” acota Dafne. “Pues mejor mamá debería enseñarles a pensar que, cuando una chava se va con ellos a la cama, ella es la que se los coge y ellos son los putos” les digo “en vez de hacerse pajas”. “¡Neta!” dice Cerise, “¡Brindo por eso!” dice Dafne y las dos me chocan y deslizan  las palmas en lo alto del aire y rematan con choque de puños. “Pinche Alex” me dice Luke “menos van a querer coger conmigo, con estas cabronas siempre duelen los güevos y ya me cansé de tanta paja, mejor me voy a la verga” “Pues pa’ luego es tarde” le digo, simulando que me lo llevo a la recámara del Diego -que todo ese tiempo se la pasa tratando de poner al día el trabajo atrasado por andar en la putería. Pura carcajada de todos.

Luego, ya mas serio, dice Luke “yo ya decidí, que antes de morirme, sí quiero acostarme con un hombre” “Pero no antes de morirte, wey, así qué chiste, prográmate para ahorita” le digo mientras hago caras de pre-mortem con todo y convulsiones. Más jasjasjás. Damos fin a la tortilla, bebemos litros y litros de café. Los crudos dan gracias por los Alka-seltzer recibidos y Axel y yo vamos largando el pie hacia el Gatimóvil. Nos despide Diego de lengüita.

The Naked Dinner Tribute to Donna Summer

Salimos Axel y yo. Vamos a la Gaticueva. Dormimos, vemos una peli. Cogemos en Adagio, despacito y más con cariño que apasionadamente. “Oye, vamos a casa de unos amigos, ¿no? Creo que hay salida al cine” Y nos bañamos otra vez y ahí vamos. Los encontramos en una Plaza Comercial, comiendo sushi. Que son un grupo nudista. Me educan sobre la historia del nudismo y el naturismo, visión, misión y proyección en unos tres maki roll. El Axel mira divertido. Y hoy el programa es ver un concierto de Donna Summer, majestad recientemente fallecida. Vale.

Ya, llegamos a un depa espacioso, con un ventanal inmenso a la calle, en lo alto de un edificio. Domina la línea del horizonte de la ciudad, que atardece, los volcanes al fondo. Hermoso. Pasa por ahí un encuerado, pasa otro. Axel, también en pelotas, me trae un trago. Me da una pena terrible estar vestido. Me desnudo y voy a donde ponen el concierto. Me llama la atención (sólo al principio) que nadie tiene una conducta sexual explícita, que las conversaciones son las mismas que esta gente tendría estando vestida. Sin ser consciente muy bien de cuándo, ya estoy cantando en coro Dimm off the light y aullando No more tears. Nos echamos unas tapas tan deliciosas como misteriosas (¿anchoas, aceitunas?).

Somos un pequeño grupo. El hámster renuncia enérgicamente a procesar cualquier cosa sobre el nudismo. Lo cierto es que con el calor, es dermatológicamente liberador andar aquí en cueros. Hacia las dos de la mañana, me llevo a Axel de regreso a la Gaticueva.

Mañana se irá, yo regresaré al trabajo. No sé cuántos días, semanas o meses transcurran antes de que vuelva a verlo. Pero remo el río de la noche suavemente al ritmo de su respiración, junto a su almohada.


CANTAR DE UN JOVEN LONGEVO


Primero fueron los sueños. Debía ir despertando sucesivamente de uno, de otro, para emerger al punto originario.

Al principio, rara vez podía recordar alguno.

Luego fue su apetito. Un gusto nuevo por toda clase de moras. A los tres veces tres días, comenzó a darse cuenta que su aliento, su sudor y sus lágrimas atraían pequeñas drosófilas, mosquitas de la fruta.

Y la gente comenzó a decirle de varias formas que qué guapo se había puesto.

Mientras sus mejillas iban haciéndose duraznos, el resto de su piel iba tomando un color de nubes y celeste. Y todo él parecía un poco etéreo.

Nunca había roncado, pero sus noches eran una continua sucesión de suspiros casi dulces e infantiles. Y amanecía invariablemente perlado de rocío.

Sus pensamientos iban madurando a través de sueños. Poblaba tiempos y lugares, vivía otras vidas. Y despertaba algunos años mayor por dentro.

Y no hubiera hecho nada, de no ser por los ¿dolores? Eran como un vacío en el abdomen, casi siempre acompañados de vértigo ligero y un momento breve de euforia y semillas de sal y llanto que nunca germinaban en sus ojos, cada vez más estelares.

Así que tomó un astrolabio que fuese de su abuelo y se fue en la madrugada guiándose por las sombras de los gatos encargados de cerrar la noche.

Efectivamente, al alba, había llegado a su destino. No tuvo que tocar, sus pasos sobre la gravilla y unas tórtolas que echaron a volar lo anunciaron.

En silencio, entró y mostró su astrolabio. Dos gemelos se miraron. Uno aceptó el astrolabio y los tres se sentaron alrededor de una mesita donde humeaba un gran jarro de chocolate. Lo tomaron en jícaras policromadas, comulgando juntos en el espíritu del cacao y la vainilla.

Luego, los gemelos comenzaron un diálogo entre ellos.

– Sí está vivo.

– No está soñando.

– Cómo es su sueño, ¿profundo y grande?

– No, es ligero y corto.

– Es entonces presa.

– ¡Ah! Y ¿cómo sería su captor, hermano?

– ¿Viste cómo luce?

– ¿Celeste? ¿Etéreo?

– ¡Eso! ¡Es un viento!

– Pero tiene el signo de la longevidad por sueños. Ya ha nacido otras vidas. Y en su abdomen se agita el tótem a la vez del vuelo y la pasión en duelo.

– ¡Oh! No es uno. Son dos sus predadores.

– Así es. Ambos se han enamorado, lo pelean.

– ¿Va a morir?

– No, nunca. Pero puede dejar su cuerpo inerte para esta vida.

– Deberá escapar de ambos si quiere conservar raíces en este plano. Si escoge sólo a uno, está perdido.

En ese punto los dos voltearon a mirarlo. Se levantaron, lo flanquearon hasta un punto en medio de la puerta y una ventana.

– Cierra los ojos y avanza, tu salida te dirá tu suerte.

Él obedeció. Sin pensar. Y salió por la ventana.

Los gemelos volvieron a sus formas de madera y musgo, mientras con la mirada asentían: “Vuela. Su destino ya es cierto”

Cuarenta días habían pasado. Muchas más vidas en el cosmos que ya eran sus sueños. Dentro de su ser había sido niños, mujeres, ancianos, hombres, gerofantes, dromedarios hechizados, existencias decantadas al amanecer cuando se abrían los pétalos que ya eran sus párpados felizmente transformados al rocío.

Las experiencias que inicialmente creyó “dolores” eran más frecuentes e intensas. A veces se apretaba el abdomen, en medio de una mezcla de alegría, nostalgia, suspiros que por igual podrían haber sido sollozos. Una risa reprimida que traía promesas de lloviznas lacrimales.

Ahora, además, claramente transcurría entre vientos. Uno gélido, arrullante, paternal, ríspidamente seductor que invitaba al sopor nevado que quita todos los dolores del mundo en un tobogán de sueño eterno. El otro, tibio pero también brusco, apremiante. Vivificador de su piel cada vez más firme y pálida.
Su llegada a donde quiera era precedida, bien por hojitas otoñales en plena primavera, bien por semillas de diente de león danzantes en el aire como hadas, otras veces por una sensación frutal apenas perceptible por la piel, el olfato o los recuerdos.

Para entonces, aquéllos vientos ya no se presentaban separados. Sobre todo en las madrugadas, soñaba torbellinos. Se elevaba hecho girones, con las manos congeladas y los pies ardientes, la cabeza extasiada.

Él no hacía uso de su poder de vuelo. No se lanzaba decididamente hacia ninguno. Y aquéllos vientos bramaban por robarle el corazón.

Llevados al límite por su indecisión, fueron tomando dimensiones corpóreas y presentándose con signos evidentes. Uno, espíritu de tundra, anunciaba ahora su presencia con luces tenues, danzantes, caleidoscópicas: boreales. El otro llegaba con polvo de oro filoso, punzante, cegador y apasionado, ardiente. Ambos lo tocaban con una presencia casi hecha músculo, aliento, palabras presentidas. Entreabrían sus labios, penetraban hacia sus pulmones, y a su paso la saliva cristalina cobraba el sabor de otra boca, manantial brotante de contento y lujuria santa.

La última madrugada que él vería, finalmente tomó vuelo. Ascendió tomando siete sueños como impulso. Y surcó vital y decidido hacia el oriente, donde se encuentran la noche con el alba. De inmediato, antes de que todo fuera luz o todo sombra, lo envolvieron los dos cuerpos de sus vientos. Su vuelo quedó neutralizado por la potencia titánica de ambos. Enredados, los tres espíritus mezclaron sus naturalezas primordiales. El choque brutal del viento polar y nórdico con su rival encendido, arábigo y moreno, se dio en el medio de su pecho. Ambos entraron en su cuerpo que era espíritu. Y él los liberó de cualquier duda: con la cadena de pasiones que unen el primer y último suspiro de la existencia humana, besó a ambos, imperioso, necesitado de agotar en un momento todo su erotismo sublimado y demandante. Y los vientos conocieron su cuerpo físico, astral y masculino. Y él conoció los nombres de sus amantes simultáneos en el último arrebato amoroso, estallido de placer, amor y vida: ¡Simún!, ¡Bora! La eternidad en un segundo.

Los gemelos, ya arbóreos, jugando con sus raíces misterios minerales, presintieron el descubrimiento de su cuerpo en las primeras gotas del monzón recién nacido y poderoso, cuando, atraídos por un perfume afrutado casi hiriente, algunos amigos entraron en su cuarto para encontrarlo dulcemente desmadejado, muerto, con la seda de su cabello flotando casi imperceptible, mientras un haz de mariposas se disolvía hecho luz desde su ombligo, finalmente liberadas.

Cantan desde entonces las generaciones, en la fiesta a los monzones, la historia del único hombre que, gloriosamente, así murió de amor.

ALEC

EL ABRAZO


EL ABRAZO

“Anda. Decídete. Ya verás cómo no es cuento, lo vas a sentir

La idea le parecía un tanto boba y le daba pena. En cuántas ocasiones previas, de manera absolutamente circunstancial y fortuita, había tenido un contacto vegetal cercano. Con la hierba, con algún tronco tomado de respaldo o almohada improvisada, con tantos arbustos.

Su historia con los seres de aquéllos reinos de sangre savia no había sido particularmente distinta del resto de la gente que conocía. Le gustaban igualmente, era todo.

Y ahora él le salía con esto. Con la buena voluntad de moverle los ritmos cardiacos a sintonías más vitales. Que le aligeraran ciertas opresiones que días de malquerencia y dolores viejos habían ido causando, cayendo despacio sobre el suelo de semanas y años como las hojas condenadas a una muerte multicolor en un último estertor cálido y alegre.

De entre las personas que su hermano y él conocían, nadie habitaba como él en la realidad alterna del cosmos de la nostalgia, donde los vientos se llamaban suspiros aunque formaran huracanes. Ni siquiera el otro, en todo lo demás gemelo idéntico, su palíndromo fraterno.

Y es que con todo y tanta vida cronometrada sobre el mundo, sólo una vez había descendido al tártaro de lava hecha de lágrimas de piedra, el dolor de vértigo causado por el desamor, catástrofe de su fe en la permanencia joven del cariño.

Suspiró moviendo la mirada de su hermano hacia el árbol. Recordó que siempre le había gustado perderse en la contemplación de los surcos de los troncos, como alternancias de veredas y murallas en un laberinto que parecía inacabable, de locura. Y luego estaban las ramas, fascinantes ramas. Formas que desde muy chico había dibujado desde la copia concreta hasta la abstracción y que prometían un paraíso de delirio matemático y onírico. Las hojas, por otra parte, le causaban en comparación un agrado menor, sólo exceptuando a las criptógamas prehumanas.

Sintió el empujón suave de su hermano sobre su hombro. Y avanzó. En su camino al acercarse vio muchos árboles, pero lo atrajo uno más pequeño. Medía apenas un par de metros, de tronco paradójicamente muy robusto, grueso, de líneas hermosas casi paralelas y relativamente pocas ramas. Se dio cuenta de que la mirada de su hermano desde el principio se había fijado en ése y no en otro árbol.

De frente, él y el árbol parecían sólo dos formas de vida sin demasiadas diferencias para alguna improbable mirada alienígena e inteligente. Sólo dos sujetos emergentes sobre la superficie  de esa tierra. Y terminó con la distancia.

El abrazo se hizo más estrecho. Cerró los ojos como una cortina que lo separara de los estímulos diferentes del contacto con el árbol. Y de sus pensamientos y sentimientos, mezcla de agujas de hielo y aire ardiente. Fue escuchando sus latidos y cómo el aire en sus pulmones comenzaba a escapar en forma de sollozos. Al tiempo, era consciente de la piel rugosa del tronco imprimiéndose en su piel, tatuándole el testimonio de su encuentro.

Transcurrió el tiempo que debía transcurrir. Se separó con suavidad, pues sus ojos empañados distorsionaban la seguridad del paso y lo obligaban a mirar al suelo. Llegó a su hermano, sentado para entonces en la hierba mirándolo acercarse. Se echó a un lado y ambos reposaron sin decirse nada.

Al mismo tiempo, recostados, voltearon a mirarse. Su hermano elevó las cejas, él sonrió. Diálogos afónicos y suficientes:

– ¿Y?

– Bien

en sus códigos gestuales.

Se incorporaron, quitándose mutuamente algunas briznas. Su hermano se quedó con una, mascándola entre los dientes, mientras lo despeinaba, cariñoso. El volvió a sonreír. Ambos lo hicieron.

Antes de partir cayó sobre ellos un cambio en la realidad que percibían con todos y ningún sentido claramente definible. Sobre todo, dos sonidos simultáneos: el primero, del silencio, el otro, un rechinar inconfundible cantado por puertas, barriles, duelas, mástiles y techos desde el tiempo. Gemido lánguido y  final de una madera, incrustado en la memoria genética del hombre. Y rodeándolos, un aire súbitamente enrarecido y casi coagulante, mar de olores a tierras, hierbas aplastadas, polen irritante, frutos muertos, hojas secas, humedad silvestre y moho.

Voltearon hacia donde había desaparecido el único y último sonido.

Una imagen.

Todo desapareció al enfocar la imagen. Como la marca que queda de una desgracia causada por un rayo. Distorsionada. De líneas dolorosas. El árbol exhibía una mueca sin comparación a alguna humana, que lo recorría como un tórax abierto y al que le han arrancado el corazón palpitante en medio de la vida. Reproche, horror y tortura por el contacto humano que no había pedido. Alarido inaudible y ensordecedor a un tiempo.

Los hermanos sintieron su piel cubrirse de sudor helado e inconscientemente retrocedieron, como por instinto; observaron sus rostros llenos de sorpresa y susto en sus pupilas dilatadas, espejos de un pecado nuevo, insoportable. Porque en un instante de realidad suspendida, cargada de un espeso olor a hierba amarga, como el de la ruda, ambos reconocieron el significado de la horrenda marca dejada en la madera: el árbol permanecía mortal y eternamente derrotado.

ALEC

LAT: Vivir juntos separados


CAFÉ AU LAT

No fueron dos o tres días. Ni un par de semanas. Más de un mes, incluso.

Yo pensaba “no sé qué quiero, no sé a dónde quiero ir”. Cada  vez que se marchaba, surgía mi necesidad de él. Se trató de mi segunda relación. Durante la primera, la necesidad de la presencia de Brav llegó a desarrollar una relación de dependencia malsana. Esperar a que llegara en medio de la noche pegado a la ventana, preocupado. No, eso no es una manifestación de amor.

Y con Dash aquí estaba, confundido, pensando que quizá no lo amaba suficientemente. Que sólo deseaba su presencia para no sentir los dientes del silencio zarandeándome como un perro a su carnaza. No, no sé qué quiero, seguía pensando. Porque cuando estaba con él y se desprendían los días y las semanas, poco a poco iba yo notando mi cambio de humor, me tornaba taciturno, silencioso, que -lo sé bien- son algunas de las formas que adopta el maltrato.

Pasaron casi dos años. Vino la ruptura hace una semana. Dash hizo preguntas. Yo contesté, como en terapia, las ideas primogénitas conforme iban surgiendo. No deseo vivir contigo. No deseo vivir con nadie. Pero te quiero.

Y a mis oídos y mis sentimientos no sonaba contradictorio. Sonaba liberador y sorprendente. Fue como encontrar una cajita escondida hace años. Sabía de su existencia de manera brumosa, pero había olvidado su ubicación y el contenido.

¿Qué  es esto?

Salí con un amigo que me dijo entre mordidas de pizza y sonrisas jacarandosas: pues nada, lo que tú quieres es un LAT. Y escuché una breve disertación con pepperoni sobre el LAT. Living Apart Together, me explicaba. Vivir juntos separados. Gente que tiene un compromiso sentimental, al igual que una pareja, no como novios, más que eso,  pero que vive separada. Me contó de Woody Allen y de Tim Burton, famosos LATistas o LATinistas.

Y me quedé orbitando alrededor del tema. El LAT es un término nacido del ámbito heterosexual. Donde investigadores europeos notaron en los censos una aparente discrepancia: personas que reportaban tener una relación o pareja, en tanto vivir solos. Se pensó que predominaba en jóvenes, se sabe que existe en todas las edades.

Europa es un continente envejecido. Es de sobra conocido el fenómeno del vivir solo. Incluso a fuerza de tragedias como la de miles de mayores muertos en una oleada de calor que fue especialmente horrible en Francia.

Los mayores europeos tienen, relativamente, resueltos los medios de vida como para vivir solos como una decisión en la que intervienen muchísimos factores, pero que es más que evidente. Y esa gente sola, forma parejas separadas.

  • Por gusto
  • Por necesidad
  • Por indecisión

¿Y aquí, conmigo, clasemediero de edad igualmente en las tierras medias de mi tiempo?

La vida en cualquier país con crisis económica es suficiente razón para impulsar a muchos a compartir gastos, mucho más si es con alguien que se quiere. Pues no.

Por otra parte, está la cuestión gay. El clóset social, característico de estos países, es una fuerza aún no analizada, pero absolutamente sentida del fenómeno LAT en las comunidades gays latinoamericanas y otras en vías de desarrollo. Pero no es mi caso, pues viví 17 años con Brav con muchos bríos cada noche.

Y ahora la paz en medio de la noche está representada sólo por los sueños, universo boreal ilimitado donde vuelo desaforada y musicalmente… solo.

Si la naturaleza humana es gregaria, el LAT es, en cierto sentido, inhumana o antinatural. Antisocial. Como los amigos de Féisbuk a quienes nunca les conoces un suspiro o un parpadeo en vivo. Como los seguidores en Twitter que conmigo somos sólo pájaros en el alambre. Sin una circunstancia, sin una cotidianidad, sin un aroma o un sonido.

Pero el LAT podría ser también un rescoldo, un refugio, una última brasa de amor para muchas circunstancias, en contra del aislamiento, y no una manifestación de ello.

Esta noche camino al filo de la medianoche a la ventana de mi habitación. Recorro un poco las cortinas, separo mis plantas exhuberantes, me asomo al prado de abajo, a la oscuridad llena de sonidos que nunca escucharé. Abajo de mi cama suspira un gato. Mi aliento empaña un pedacito del cristal helado. Le dibujo un signo de interrogación. Estoy a oscuras.

LA FLOR DE LA MAÑANA

ALEC

CHURROS CON CHOCOLATE


geometria 03

-¿Sabes qué? Ya no vamos a venir aquí. Está carísimo. Qué se creen. Ahora viene puro gringo. Lo peor es que “El Moro” está igual o más caro.

-Qué tiene. Total, venimos cada Corpus y San Juan, manita.

-Pues tú invitas, por esporádica y solventa. Ándale. Yo quiero un francés con 6 churritos.

La Cuya Macoy y su comadre, instaladísimas a las 3 de la mañana en una de las fondas más tradicionales de la ciudad. No por la hora menos concurrida que si fuera el mediodía. Aunque ellas eran algo estrambóticas en su apariencia, tampoco llamaban especialmente la atención de los parroquianos, donde había lo mismo cámaras fotográficas con su japonés correspondiente atrás de la lente, mariachis de pies hinchados, gringos siempre perplejos o ebrios de tequila, piquetes de putas de Garibaldi, parranderetes de clase media y clase y media de parranderetes.

La Cuya Macoy llegó de veintitantos al país. Cuando toleraba el sol y salía, era un muchacho de físico hermoso, masculino y étnicamente indefinible. Estatura media, cabeza redonda, con la piel de  la cara azulada por la barba cerrada, siempre rasurada al ras, cuello ligeramente robusto, hombros anchos y cintura breve. Muslos y gemelos de bailarín o atleta.

Tacones

Vino con una improbable compañía de vodevil italiano. Fue la bataclana que encabezaba alegrísimos bailes con el nombre de La Matozza. Por supuesto, el eje de la atracción no eran ni la coreografía salvaje, ni los cantos de cisne post mortem, sino el hecho de que debajo de los olanes de las faldas todas tenían bolas y pito.

En aquéllas eras, su arribo había sacudido el mundo sin sol de la vida subterránea citadina. Enorme tiempo y empeño mariconil habría de transcurrir antes de que las dragas fueran fauna conocida y casi tradicional de apacibles submundos “gay”. Ah, no. A ella le tocó el tiempo heroico. Bailoteaban danzas mezcladas de aires apaches con tarantela y, por supuesto, cancán. Su público eufórico era un cóctel igualmente sui géneris de estudiantes pobres, politicazos corruptos, militares condecorados de la Madre Revolución, artistas en ciernes y encumbrados, putas en descanso y trabajando, inmigrantes provincianos, pero ante todo mucho, pero mucho macho.

Entre el alcohol y la atmósfera permisiva y cómplice, la norma era que aquéllos heteros metían manos voraces entre los muslos de las falsas damas. Desahogos de fantasías y realidades mariconas mucho tiempo reprimidas. Pero para ellas no todo eran risas. Había infinidad de fronteras sutiles que marcaban tolerancias y peligros. Generalmente debían navegar con bandera eternamente amnésica. Fingir no reconocer a ninguno de los habituales manoseadores y concurrentes. Pero saber ser accesibles. Por supuesto, fueron muchas, muchísimas las funciones que para ellas terminaban en alegres apareamientos con su respetable público, y que les granjearon varias veces favores y protección.

Okun celeste

Bueno, pues a lo largo de su larga trayectoria, había pasado de pionera bataclana travesti, a activista cuando, en medio de una gresca estudiantil, quedó atrapada entre la policía y los huelguistas. Iba con otras tres locas y fueron a parar detenidas, moreteadas y absolutamente desgreñadas, a los infames separos policiacos, donde constituyeron no sólo la atracción y foco de las burlas, sino también de agresión por parte de cualquiera de los bandos. Pero la Cuya Macoy (decía ella) “tenía lo puto en el culo, no en las manos”. Les partió el hocico a dos o tres camaradas estudiantes. Nada más salir, la prensa amarillista estaba presta. Y la Cuya Macoy con su vestido roto, se levantó tronante con declaraciones sublimes y encabronadas. En el naciente destape mexicano, las maldiciones y exabruptos (post resaca, post coital y post golpiza) de la Cuya, la catapultaron a la palestra política. Gracias a que fue, junto con otras valientes argüenderas, el blanco de críticas y ataques, fue cuajando un “movimiento” que culminó (maricas teníamos que ser) en una salida social jotísima del clóset, la primera, segunda y vigésima marcha del Orgullo Gay.

En los últimos tiempos, ya sin cólera, se estaba dedicando a revolotear por un Centro de Estudios sobre las Sexualidades. Propias y ajenas.

Y así la agarró el chocolate con churros. Allí llegué buscando unas pringas o bocados  que me quitaran de golpe la hipoglucemia de muchas horas de estar solo. Se me quedaron viendo sonrientes. Porque llegué con mi pijama debajo de mis jeans y un suéter eterno de rombitos, como de los años 50. Mis cabellos hirsutamente revueltos no lograban esconderse bajo el gorrito boliviano o peruano con orejeras. Me hicieron “ven” con la cabeza, y ahí voy.

-Hola Cuya.

No se sorprendió, lo conocía más gente de la que podía ponerse a pensar. Últimamente por las campañas para promover el uso de condones a destajo, con una fotito del Santo Papa.

-Oye, pero qué mafufo te ves, nene. Cuéntame por qué andas en pijama en mi presencia. ¡Ja, ja, ja, ja!

-Está calientita, me ahorra tiempo no quitármela y siempre he sido muy wevón.

Los años le habían dejado nada más que glorias. Erguido, derecho, la piel sin arrugas con excepción de los ángulos de los ojos donde las “patas de gallo” no paraban de reírse. Manotas, brazos elásticos. Canas elegantes. Estaba muy guapo la cabrona.

-¿Y ustedes, qué andan haciendo, además de llenar el tanque?

-Pues nos dieron las madrugadas en el Internet del Ángel, ¿tú crees?

Dijo la comadre de la Cuya.

-Es que ésta loca ahora es investigadora y no sabes. Me dan ganas de conectarle las meninges a la inalámbrica. Que se pasa hoooras pegada. Y como está en pleno aprendizaje cibernético la muyirts, pues ahí estoy yo, su secre la señorita Boba Licona, en chinga enseñándole. ¡Jo, jo, jo!

La comadre en cuestión tendría unos veintiúltimos a treinta y primeros años, con un aire de nerd muy bonito, que contradecía su desparpajo. Igual que la Cuya, iba como disfrazado. Traía un pantalón deslavado, verde y pegado. Unas medias botas negras. Camisa blanca con pechera y un saco de pana gris. El pelo súper negro y despeinado sobre la cara, tapándole un ojo. Sombras en los ojos, lentes. La Cuya iba retro. Parecía un profesor universitario de los 70. Pantalón y saco de pana cafés, zapatos de ante café. El saco con coderas y un suéter de cuello alto que le daba un aire existencialista.

-¿Y qué investigas?

-Pues todo, nene. Pero ahorita estoy haciendo un álbum mágico-antropológico-homosexual.

-Enséñale, Cuya. Para que veas cómo no son ideas mías. Si nada más le das vuelta a las cosas. La putería es la putería.

-¡N’hombre! ¡Me roba la idea y no tengo copi-rái, babotsa! ¡Ja, ja, ja! -replicó la Cuya.

Yo comenzaba a masticar con gula un pambazo rojo y gordo, crujiente y bien relleno de papa con chorizo, adobado con crema, lechuga y queso. Le digo “ándale, para pasar el rato, ya te dije que soy wevoncísimo. No te robaría nada, sólo por la flojera de hacerlo”

Tacones altos

-Hummm. ¿Cómo te llamas, nene?

“Alex”, le digo.

-Bueno, pues hace poco que estoy tratando de hacer una taxonomía de los ligues en la red, ya sabrás, sólo chavos. Ahorita estoy en la etapa de la captura de la información. Mi hipótesis es que nosotros ligamos en la red de manera distinta a los bugas y análogamente diferente a como ligamos en vivo versus ellos. En la forma y el contenido. ¿Qué tal?

-¡Ja, ja, ja, jaaa!- se carcajeó Chibigón, la comadre- ¡nocierto! La Cuya acaba de descubrir las páginas de ligues, y se la pasa leyendo perfiles hasta que los párpados ya no le bajan de tan secos, pega gritos y hay que ponerle gotas para que le vuelvan a bajar.

“¿Y qué con eso?” le pregunté al Chibigón.

-Pues que sí metió un proyecto de 4 cuartillas al Centro y le están dando un chequecito cada mes para que esté al día en la putería. ¡Esta sí es súper chingona!

-Humm. Bueno, y qué has encontrado, descubierto o no visto, Cuyis (yo, después del pambacito, estaba confianzudo, faltaba más).

-Te voy a enseñar. Traigo unos perfilitos que bajé. Todavía no los clasifico. Pero deben formar algún patrón para mi taxonomía. Se aceptan comentarios.

Sacó unas hojas de varias calidades y con varios tipos de letras que, supuse, también vendrían de varios tipos de impresoras.

-Amos a ver. Aquí están unos que definitivamente están para una teoría de la erotolingüística basada en la descomposición del idioma. Mi teoría es que los receptores cerebrales de los centros ortográficos se saturan de testosterona y la persona es incapaz de redactar si no es por pulsos análogos a micro orgasmos, jodiendo al idioma.

La Cuya comenzó a leer en voz alta los párrafos subrayados de los perfiles, enfatizando la pronunciación de las palabras con falta de acentos. Algunos de sus comentarios van entre paréntesis, suprimí las carcajadas de la Cuya y el Chibigón.

  • Estoy habierto a todo (¿hasta a regresar a la primaria?)
  • Por favor gorditos y obios los respeto pero no van con migo (pues no, claro, migo no es su amigo, obiamente)
  • Mejor conoceme si te atrevez…
  • Busco conocer perosnas agradables con quien tener una buena sesición de sexo (primero es la sesición donde se convierte a la gente en perosna. Luego viene el sexo)
  • Que honda. No me gusta la gente obvias (lo único obvio aquí es lo jondo que jondas y olé)
  • Abstenganse gorditos y afeminados (y, por supuesto, abstengánse también los acentos)
  • En busca de lo que surga (con que surguiera una jota ya sería ganancia, reina)
  • …sentir el rose de cuerpos (¡gulp!)
  • Busco chavos baroniles no ovbios para sexo. Yamame (baroniles, marquesiles  y yo también, ya-mamé)
  • Me caga que me cagen (pues como vas, va para larga la cajada)
  • Profecionista limpio y educado, repondo a todos menos mala ona. (Aquí la Cuya sólo se puso morada)
  • Me gusta mucho chupar los pesones (si los pesones son los grandes pesos, ha de ser de signo libra, además de teta caída)
  • En busca de un chico para rol sumio. (Es como el rol sumo de los japoneses, pero en vez de luchar, se deja pegar)
  • Mi mayor defeto es ablar direto y ser mur tierno… (no, papito, tu mayor defeto es haber pasado la escuela de noche)
  • Soy un chico muy alivando (…) sólo jente sin royos no mensoso y problematicos (¡Ay, no puedo más! yo necesito uno alviando-me el dolor de la risa)
  • Quiero un hombre de verdada. Ofresco pasar un rato chidoy. También vendo una yegua azteca (¡gaaasp!)
  • Buen cuerpo, internalgon sexo a tope. (Así como los internacionales, ahora los internalgones)

-¡Qué mala leche, Cuya! –le dije con cachetes de hámster- no me parece que burlarte de cómo escriben en los perfiles tenga ni algo de original ni muy digno que digamos. Se me hace devaluador y presuntuoso. Y que cobres, peor. Chomp, chomp (masticando mi pambazo).

Se le terminó la risa en seco. Abrió mucho los ojos. Luego comenzó una ronda de tos sorprendida.

Internet

-¡Pero qué cabroncete! –dijo el Chibigón- ¡no mames!

-No, Chibis. Tiene razón el Alex. Yo misma ando jodiendo con rollos por la jodida discriminación. Bueno, mira. Tómalo como uno de mis ratos malos. Una diversión de mi lado oscuro, ¿ok?

-Entonces ¿no hay investigación para nada? –le pregunté, más chomp, chomp.

-Sí, sí hay. Tengo muchos perfiles en los que primero me llama la atención el nick, el sobrenombre. Según uno de los chavos del Centro, sicólogo, dice mucho de la persona que está atrás de él y sobre la fantasía que tiene de sí mismo. Hay muchos muy bonitos:

 

 

 

  

 

 

  • soloymisoledad
  • chicofeo
  • lobitopolux
  • dragolibro
  • trucutu
  • sinparaiso
  • tremoris
  • hijomalo

que contrastan con los más o menos típicos y esperables en ésas páginas como: crazysex, mamador84, superpolla, pitoloco, supersperm, etcétera.

-Sigue –lo animé interesado.

-Pues luego ya viene el contenido del perfil. Y en el Centro me van a ayudar a analizar qué hay de interesante con cada componente. Y si hay o se puede hacer una teoría sociológica de los perfiles y los sobrenombres en la comunidad gay.

-Pues eso sí se oye mucho más coherente e interesante. ¿Y cómo qué perfiles sí estarían tomando en serio? –le pregunté.

-¡Uy! No tienes idea, nene. Sólo te voy a compartir uno, como ejemplo. Es una joya. En serio. Ojalá que pueda publicarlo sin enfurecer al que lo hizo, ya sabes por derechos de autor, ¿no? Mira:

MI ARMA MASCULINA BUSCA FUNDA !!!

Monto como un Jinete

afanosas y redondas Nalgas

incrustando cual águila hambrienta

mi clavo que lentamente se hunde

cavando el surco prometido

y rompiendo al ras tu horizonte …

 

A galope triunfal mi tronco se columpia

en el dulce fondo que lo ciñe sin decoro

y mece su forma orgulloso …

 

Susurrando se mueve la ceñida palma

entre tus mollas que se estremecen agitadas

embriagadas por dura carne …

 

El peregrino cruza tu mar a oleadas

hasta que brota un río austero

que en tu profundidad se esfuma

en blanca y fulgurante nota

quemando el incienso de tu pecho

mientras tus reclamos llegan hasta el cielo

en amorosas y placenteras quejas

 

-¡Hijo de la madre! –dije en voz muy alta y absolutamente anonadado.

-Calidades literarias aparte, es toda una sorpresa de inventiva, que alguien se divierta tan de lo lindo en un sitio donde habitualmente los mensajes son telegráficos. No se aparta del objetivo del sexo, pero es absolutamente lúdico para los que sepan valorarlo y, quizás, adivinar que, si así es el caminito, ¡pues cómo será el pueblito! ¡Ja, ja, ja, ja! –dijo la Cuya.

Después de eso, la cháchara fue derivando a otras cosas, yo todavía me receté un café con leche como corolario a los pambazos. Salimos los tres a las calles empedradas de ésa zona del Centro Histórico. Había llovido. Mi pijama estaba simplemente deliciosa. Caminamos hasta el Eje Central (que yo conocí como San Juan de Letrán), donde yo me separé hacia la Gaticueva.

Días más tarde, recordé el encuentro cuando navegaba por la página de marras. Me puse entonces a pensar qué me gustaría pescar a mí de los perfiles.

Vi muchos que cumplirían, creo, con los criterios de selección de la Cuya Macoy. Pero, a diferencia de aquél que me compartió, yo me quedé con una gran sonrisa cuando me encontré éstos, breves, traviesos, inteligentes:

  • I too can command the wind, sir!
  • Come to the dark side…. We have cookies in here!!!!
  • “Ninguna eternidad como la mia”

 

Y ya. ¿La teoría? No creo que exista alguna. Sólo anzuelos con carnadas de historia, para pescar otras historias…

 

 Christopher Reynolds5

ALEC

TOCATA PARA UN AMOR EN FUGA Y SIN FUTURO


audiToccata per un amore senza futuro

Al caminar, mis pasos hacían un ruido característico, que había escuchado innumerables veces en tantas películas y programas de tevé. Era el sonido de mis zapatos sobre la gravilla de la cuneta en el camino de terracería. El viento era cálido, pero presagiaba frío. El atardecer le ponía destellos dorados a la silueta de la vegetación del gran chaparral. Mezquites, garambullos, arbustos espinosos. Dejé el carro cerrado sin seguro. Caminé y caminé en ascenso entre una complicada concurrencia de piedras, cactus y espinos. Di la vuelta en donde terminaba el terreno y llegué a los riscos. Escarpados, desde su orilla podía verse el espectáculo impresionante de los valles que precedían el inicio de la serranía. Estaba en las Cuevas de los Cristales. Aunque decía la gente de las Casas Viejas que allí abundaban esqueletos de niños, remanentes de ritos diabólicos fuera de la imaginación, lo único que encontré fueron una tortuga, un par de correcaminos curiosos y un poco enojados por la intrusión, así como muchas, muchísimas cacas de zorra por todos lados.

EdFreemanLa altura inmensa le restaba transparencia a la perspectiva de los valles. Hacía la vista un tanto brumosa. Como una acuarela impresionista. Abajo había muchos pedacitos de tonos de verde, como en una colcha hecha por una abuela cósmica, a lo lejos incluso podían verse cómo las nubes nacían y arropaban los pies de las montañas.

Me acerqué a descansar bajo un mezquite. Por su corteza caminaban algunas tantarrias. Recordé cómo los otomíes de las Casas Viejas las asaban. Olían y sabían a cacahuate, pero con un toque de ahumado. Y me puse a pensar en cuántas vidas habían costado aquél viaje.

La mía, bueno, pedacitos de la mía. Jirones de las creencias, imaginación, anhelos y prejuicios, que habían tejido la telaraña en la que alegremente me mecía. También podría sumar las partes de vida destruida de él, Brav, mi ex amante y compañero, si las conociera.

Menos subliminales, las manchitas en el parabrisas y los restos en el radiador del carro también reclamaban el recuerdo de los insectos que se habían atravesado al paso de mi carro. Patitas, alas, sangre verde. Qué horror.

Bueno, ya estaba. Tlalticpac tiquichtin tiez. La tierra será como sean los hombres, en el arcano idioma azteca (o náhuatl, la lengua de sonido claro y agradable). KrayelArtStudio

Y la tierra de nuestro amor había sido devastada por nueve plagas de oro fundido como lava, huracanes de veneno etéreo que nos quitaron aquél aliento que sólo se transmite habitualmente a través del beso.

Y ahora regresaba a Casas Viejas, a las Cuevas de los Cristales buscando mi memoria, como el primer rito necesario para que no se me fuera el fantasma del que he sido, e iniciar el contacto interno que me pusiera en el camino hacia la paz. Hoy venía en busca de la magia.

Separé con cuidado quirúrgico las ramas altas de chiquiñá entretejido que encortinaba con espinas la entrada debida. Mis manos, no obstante, se hirieron y sangraron en varios puntitos. Pasé y descendí por galerías subterráneas, llenas de estalactitas y estalagmitas cristalinas que emitían muchos tonos de sonidos cuando ráfagas aéreas tanto de arriba como de abajo pasaban incansablemente entre ellas, hasta que llegué a la gruta donde uno sueña a Huehuetéotl, el Viejo. Cerré los ojos, para buscar mi sitio. Me senté, saqué de mi mochila, con un cuidado que podría denotar lo mismo terror que ternura, a un “Tío”. El hermano secreto de Dios. Cuyo nombre, tampoco se pronuncia, según el pueblo huichol. Prendí el fuego, quemé copal. También desgajé las naranjas necesarias. E inicié el rito. Iba colocando pedacitos de la carne vegetal de “El Tío” conjugada con naranja en mi boca. La comunión secreta que abría las puertas mentales a otra esfera se hizo. Cerré los ojos y lo vi todo.

MarkSherwood

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Me vi a mi mismo visitando Cuemanco, el gran mercado de flores y plantas, parte de Xochimilco, “el pueblo de las flores”, que, como una Venecia prehispánica, aún luchaba por retener su delta de canales entre las chinampas o islas característicamente sujetas de las raíces palustres de los árboles ahuejotes. Andaba yo alegre, buscando helechos y belenes. Patas de conejo, cuerno de alce, maquique, eran algunos de los colores fanerógamos que me iban encendiendo los ojos y el contento. Sabía cuáles necesitaban luz indirecta, cuáles penumbra o cuáles incluso un poco de luz diurna. Y recordé. Que todo aquello lo había aprendido a su lado. Mi ex amante cuyo nombre mismo significa “el agricultor”. A poco más de seis meses de  haber huido de su lado. Con varios lustros de equipaje en la médula y los sueños.

Pocas cosas lo seducían, lo seducen, tanto, como las plantas. En sus manos hay cuidados que, como pases mágicos, florecen las semillas y crecen los tallos y las hojas. Shulamis pasaba y, al verlo en la terraza entre innumerables macetas, macetitas, macetotas, sonreía y le decía “¡Hola! ¿Jugando con tierrita? ¡Qué bueno!” Y él, hincado entre su manta vegetal reía. Yo me quejé, “es que es demasiado”; Shulamis me miró con condescendencia “nunca habrá demasiados árboles ni plantas, nunca”. Era  que fue la estación vital de Cuernavaca.

BillTravisCuando los dos íbamos a Cuemanco, yo desesperaba. Impaciente, no veía la hora de terminar las excursiones. Ponía mi carota. Enfurruñado, lo apuraba a que nos largáramos pronto. Y a él no se le llenaba de suficiente clorofila el tiempo.

Ahora yo disfrutaba de aquél país de plantas, solo. Y tantas hojas súbitamente me miraron sorprendidas y nostálgicas. ¿Por qué no pude estar así de alegre junto a él cuando las visitábamos? ¿Por qué no habitó en mí la atracción por ellas cuando ambos íbamos, en par?

¡Ay! ¿Por qué no pude ser yo mismo y hacerlo a él más feliz, entonces? Y lloré sin que mis lágrimas pudieran servirle al más reseco de los cactus.

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Tomé una trajinera conducida por un anciano de la estatura y forma de un niño de unos 10 años. No necesitaba decirle nada. Comenzó a navegar por los canales. Desde las riberas de las chinampas veía multitudes de locales y turistas, comprando plantas de ornato, nos fuimos alejando. Las chinampas más internas iban estando más despobladas. Finalmente, entramos en una zona de chinampas prácticamente sin personas. Isletas entre los canales bordeados de ahuejotes. Un poco de bruma, rocío y frío me decían que era madrugada. El paisaje iba cambiando. Las chinampas se fundieron para dar paso a una ribera continua y los ahuejotes desaparecieron dejándole paso a bosques de apariencia conífera. El olor a oyameles comenzó a tocarlo todo suavemente. El agua apenas hacía ondas al paso de la barca, que se deslizaba silenciosa. Entre la bruma comenzó a perfilarse la silueta de un edificio, y se perfumó de florecitas  rurales y anónimas.

sueno

Llegamos a la entrada de una casona. El canal entraba en la propia puerta. Supe que había llegado a la Casa de las Hortensias, porque había pequeñas budineras navegando con veladoras encendidas, era la Casa Inundada. Tomé mi cuaderno de furias (es decir las culpas) y me dispuse a transbordar.

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Una isla con dosel y cojines finos. Él estaba enfermo, terriblemente. Aún un tanto demacrado. Pero tan guapo. Su delgadez lo había devuelto bruscamente a una juventud sedicente. Cada pedacito de su piel me seguía siendo familiar y querido, pero al mismo tiempo ligeramente lejano como si lo viera desde otro tiempo.JamesW_Johnson

Recordé lo que había ido a hacer a la Casa de las Hortensias, anotando entre balanceos suaves de la barca que iba por las galerías y los cuartos, sorteando las budineras con sus veladoras. Y me acerqué a él, dejando que la luz de todas ellas me fluyeran sólo el sentimiento.

Perdóname, le dije. Por todo lo que hice y lo que faltó, para que tu vida fuera más feliz conmigo. Me abrazó, lloramos, claro. Despacito y quedamente, como seguramente se llora en una iglesia. También santamente, con cariño. Le dejé una cajita de zarzamoras, porque no había cerezas, que son las que él come anualmente. “Aún no sé cómo, eres parte de mi familia, y no quiero que eso cambie”. Hice una pausa y suspiré. “Y no quiero que te mueras”, dije infantilmente.

BillTravis2

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El copal se había extinguido, la naranja sólo había dejado su cáscara como recuerdo de su vida, y en mis manos terminaba de disolverse como arena la sospecha de un cuaderno. Afuera el tiempo había transcurrido sin tiempo. Salí y en el camino me herí algunos arañazos con las espinas. Un viejito estaba sentado en una piedra labrada para servir de poyo. “¿Ya?”, me preguntó. Asentí con la cabeza. “Y me arrepiento ante usted, de todo lo que cometí y lo que omití, para no hacer de la vida de él conmigo una pequeña maravilla, papá”, le dije. El viejito, que parecía un niño de unos 10 años, se levantó, se acercó y puso su rostro frente al mío. No me sorprendió, pero no lo esperaba. Era yo. Y dijimos juntos, “me arrepiento ante mí, y ante mi espíritu”.

Okun

Deshice el camino, dejé la terracería que lleva a Casas Viejas. Conduje a través de la noche. Y presentí que llovería.